para que no dejes de olvidarme 2: Solargento desaparece

 

escritor sombra

Resumen:
En los años 70, un joven periodista está entrevistando a un escritor de la vanguardia literaria de los años 20. Se habla de un tal Saturnino Solargento. Y no más que eso.

Mientras anochecía hablamos de Perón (“dos veces en mi vida estuve a punto de darle la mano. La primera vez fue en 1951, en una asamblea del gremio de los gráficos, pero en aquellos tiempos lo protegían mucho de los socialistas, y yo, encima, además de socialista, era poeta y dramaturgo. La segunda fue en 1954, pero esa vez no me animé”). Lo miré a los ojos tratando de encontrarme en su reflejo, pero no me vi: señal de que uno de los dos –o él, o yo- no estaba en esa habitación. Me despedí con un pretexto cualquiera. Ya se estaba haciendo de noche y las manos –las alas- de Gianbertone se habían puesto a temblar. Antes de salir de esa covacha encontré un pedazo de papel tirado en el suelo. Lo levanté y lo miré, era la una página amarillenta de una revista. Doblé el papel y lo guarde en mi bolsillo. En retribución, le puse otro atado de toscanos entre un par de libros. Mientras volvía caminando a mi departamento de Almagro leí la hoja. Decía esto:

EPITAFIOS PARA SOLARGENTO:

Uno
Hay yace aquí Solargento
y lo decimos en copla.
Tuvo la fuerza del viento
pero cuando este no sopla

Dos
Espanté a mis lectores como a perros;
no pedí su mirada ni su escucha.
Es mi nombre Saturnino Solargento
y si estás leyendo esto: ¡CUCHA, CUCHA!

En el costado había unas palabras escritas con lápiz azul, rápidas y desprolijas. Era la letra de Gianbertone y decía así: “Pobre Solargento. Era un buen tipo. Lástima que eligió perderse detrás de sus palabras.”

Dormí hasta tarde. Me desperté con el título de una nota martillándome en la cabeza: “Sociología de la primavera”. Me senté a escribirla; solo tenía que inventar un par de conversaciones con floristas, estudiantes secundarios y sociólogos, y mezclarlas con un poco de Marcuse y de Benedetti. La nota era un dislate de punta a punta, pero el título era tan bueno que, cuando llegué a la revista con el borrador, lo aceptaron sin mirarlo y me dieron un adelanto. Esa noche volví a casa caminando y esquivando marchas y manifestaciones en apoyo a Allende, mientras pensaba en la existencia de Solargento. Un tipo que no quiere que lo lean es un triste escritor, pensé. Buscarlo para leerlo, ¿no era violentar su voluntad? Cuando entré a mi departamento, el teléfono estaba sonando. Era Normita, la sobrina de Gianbertone. Su voz sonaba afónica, sin energía. Le pregunté a qué se debía su llamada.
-No, es que mi tío tuvo un ataque hoy a la mañana. No podía respirar. -Cada frase que me decía comenzaba con un “no”, Como si todo el tiempo le estuviera haciendo las preguntas equivocadas. Continuó. -Pero no, ahora está bien. Me pidió que venga a visitarlo al sanatorio. Ahora mismo. Dice que tiene algo importante para contarle.
-Perfecto -respondí, aunque lo que sucedía no tenía nada de perfecto. Voy para allá.
A Gianbertone le quedaba poca vida. Y yo quería saber quién demonios había sido Solargento.

(esto sigue la semana que viene)

viernes 15 de abril de 2011 - año 11 - número 501 - día de la disfunción torpil

Reto de la semana
Las dos entradas para ver “Bodas de Sangre” quedan en manos de la ignota Amelie. Che, Amelí, comunicate a mi dire para saber cómo hacemos para pasártelas.

Lo insoportable
El jingle publicitario “Hagamos cosas nuevas para reirnos más”. Pegajosidad y chotez en grado superlativo.

Actividades de la Fundación Solargento
presentación de “El pequeño Edipo”, primer volumen de la colección de tragedias griegas para niños de 3 a 6 años.

Mira vos, che
…para seguir leyendo, admirando, ponderando, loando a Gustavo Sala y su tira Bife Angosto.

Biografía en Haiku
Como spot publicitario
sin guión ni anunciante
la película de mi vida.

Comentarios