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-Antes me acordaba de todo. -dijo Gianbertone. -De las cosas y de las relaciones entre las cosas. En estos últimos tiempos, solo puedo acordarme de las relaciones. Pero las cosas desaparecieron.
Todavía era muy temprano para que Gianbertone se transformara. Esta vez había traído un grabador (que conseguí prestado en la revista) para guardar sus cambios de voz. Y sus palabras.
-Allá por los años treinta, Borges me decía: “usted tiene un pensamiento notable, pero desordenado. Puede pensar en muchas cosas al mismo tiempo. Si yo le digo "Fritz Lang" usted puede hablar de Goethe, y de Marlene Dietrich, y de la historia del cinematógrafo, y del nacionalsocialismo, y de todo lo que se relacione con eso. Tiene todas las ideas del mundo, al mismo tiempo. Lo que necesita es alguien que lo ayude a combinar esas ideas. Y atarlas entre sí, para que cobren sentido”.
La voz se le fue deshilachando. Apagué el grabador. Pero apareció el Gianbertone gato, el amigo de Solargento.
-Solargento estaba enamorado de Edith, la cajera del Banco de Boston de la calle Florida. En esa época, todas las cajeras se llamaban Edith. La chica era una tanita redonda y blanca como un queso, con unos ojos claros que hacían pensar que estaba enamorada de uno. Solargento no sabía cómo acercarse a ella. Como era un tipo mucho más inteligente por escrito que en persona, decidió escribirle un libro de epigramas. Se pasó noches enteras puliendo cada línea. El día en que se decidió a ir al banco a entregarle el libro y confesarle su amor, se encontró un cordón de policías. Un anarquista había dejado una bomba en un maletín, delante de una mesa vacía. Edith tuvo la mala suerte de sentarse en esa mesa.
Solargento no quiso verla. Salió corriendo. Corría de miedo, y de bronca. Me crucé con él en la esquina de Pueyrredón y Santa Fe. Llevaba como cuarenta cuadras trotando y bramando. Cuando me contó lo que había pasado, me fui a tratar de recuperar el libro. Una cuadra antes de llegar, encontré volando por los aires la contratapa y el pedazo de un poema. Y nada más. Al poema, me lo sé de memoria. Decía así:
yo salí a buscarte por esas esquinas
en las que (estaba seguro de eso)
nunca pasarías
vos te sentaste a esperarme
cuando supiste que no iba a volver nunca

yo discutía con el aire
vos corrías para escapar de tu sombra
vos me gritabas para escucharme mejor
yo cerraba los ojos para que no me vieras

y todo esto que hacíamos
era, como el amor,
perfectamente
inútil

Pero Solargento sintió una ráfaga culpable de alivio. Si Edith se había muerto, ya no era necesario ese momento al que le temía con todos sus pelos. También, con el alivio, sintió pena. Con el tiempo, empezó a encontrar pedazos de sus otros poemas de amor en los libros de todo el mundo. Estaba convencido de que lo habían robado.
viernes 13 de mayo de 2011 - año 11 - número 504 - día de la tararira

Lo insoportable
la gente que en los trenes pide una moneda dejándote una pulsera o una figurita y no deja que se lo devuelvas.
Actividades de la Fundación Solargento
presentación de “poemas en prosa y otras falsificaciones” de augusto laverde
mirá vos
en esta radio ponés el nombre de un músico y se abre un árbol de autores relacionados. para fanáticos de las genealogías.
Biografía en haiku
vida aburrida.
lo más interesante, lejos,
fue lo que que soñé.

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