Tienda de diseño

macramé

En cada cuadra del barrio había una tienda de esas. A diferencia de la verdulería o la panadería -que llevaban el nombre de la cosa que vendían- a esta se la llamaba “la tienda”. Atendía una señora mayor con nombre en diminutivo, como Esthercita, Normita o Inesita. Y se vendían cosas extremadamente dispares como pares de medias, revólveres de juguete, linternas a pilas, lanas o jabones.

La nieta de doña Esthercita se llama Abril, o Joaquina, o Xoana, y se hizo cargo del negocio de su abuela. Estudió diseño. En su local se esparcen percheros de ropa mal cortada, pinturas abstractas, horribles gatos hechos con alambre, multitudes de objetos inespecíficos, colorinches con formas redondeadas. Todos, carísimos. Ella trata de explicarnos lo que son y para qué sirven, pero no se la entiende: coloca demasiados puntos suspensivos en cada frase. Lleva puesto (“es re-vintage”) el saco de su abuela, verde, de lana, con botones dorados. “Acá la onda no es tanto comprar una cosa, sino más bien un concepto”, trata de explicarnos su nueva dueña.

La nueva tienda de la cuadra representa la batalla final en una guerra por la independencia. En este lugar se venden cosas en las cuales el diseño se liberó de la tiranía del objeto. Y de sus dos reglas básicas: tener un cuerpo y servir para algo.

Mariano Nicolás Donadío

viernes 17 junio de 2011 - año 11 - número 508 - día de la diamela

lo insoportable
la publicidad de pasta dentífrica, que insiste en que nunca hacemos lo suficiente contra las caries.

actividades de la fundación solargento
“lo que le falta y lo que le sobra”, taller de crítica malevolente de clásicos de la literatura.

mira vos, che
un tipo se puso a dibujar todos los seres que aparecen en las obras de lovecraft.

biografía en haiku
si: siempre estuve solo
pero con la lluvia
me pongo más consciente.

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