Cuando solo quede un nombre

hamad

Es bueno que conozcan nuestro nombre, pero, ¿hasta dónde debería llegar nuestra fama? ¿Hasta la otra cuadra? ¿A todo el barrio? Que a uno lo reconozcan a más de mil kilómetros de su casa, ¿es una bendición, o un problema?

El jeque árabe Hamad Bin Hamdan Al Nahyan no se hace estas preguntas. Pertenece a la familia real saudita, es rico hasta la náusea y ama su nombre tanto como a sí mismo. Por lo eso, en la arena de una isla de su propiedad, mandó a grabar la inscripción más grande del mundo. Son tres kilómetros y medio de surcos inmensos, cavados en la arena, con la palabra HAMAD.

Hasta ahora, la Tierra había permanecido más o menos limpia de grafitis; tan solo un inmenso rayón llamado muralla china y unos dibujitos enigmáticos conocidos como líneas de Nazca. Hoy el nombre HAMAD puede leerse desde el espacio, a miles de kilómetros de distancia, prepoteando al tiempo y a la distancia.

¿Cuánto debería durar el recuerdo de nuestro nombre? Entre estar vivos y ser olvidados va a haber un espacio intermedio en el que seremos un recuerdo y una anécdota; con el paso de los años, apenas un nombre escrito en algún lado. No es poco. Hamad lo sabe. Y allí deposita su esperanza.

viernes 12 de agosto de 2011 - año 11 - número 514 - día del lamelibranquio

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