Sonría. No lo estamos mirando.

Amy

Escuchen la historia de Amy Hildebrand, la fotógrafa sin vista. Amy nació albina y ciega. A los cinco meses le implantaron lentes. Gente testaruda o perseverante -según como se los mire- sus padres la pasearon por clínicas y consultorios y pasó por montones de procedimientos de estimulación visual. A los ocho años podía distinguir rostros. Hoy puede ver un objeto a veinte centímetros de distancia.

Después de experimentar con una Polaroid, Amy decidió estudiar fotografía. “Sé que las cosas están ahí aunque no las vea, y así construyo mi realidad”, explicaba. Hildebrandy se construyó un sistema que le permite trabajar con los ojos cerrados. Actualmente se gana la vida fotografiando casamientos y eventos escolares. Y está a punto de terminar su proyecto With Little Sound (Con poco sonido): una foto por día, durante mil días, publicada en la web.

No convirtamos a esto en una historia dominical de empeño y voluntad. Aunque lo sea, con toda justicia. Señalemos su carácter casi zen. En un tiempo de artistas egocéntricos, que se jactan de crear sus propios mundos, Amy es capaz de sacar fotografías sin mirada. De correrse del centro de su obra. De rozar la utopía de la obra de arte sin artista.

La Nación. Domingo 15 de abril de 2012

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