El vanidoso deporte del ego

Antes de que se inventaran los espejos, ¿cómo hacia la gente para verse? ¿Se miraba en otra persona, en un árbol, en su propia sombra? ¿Le pedían a alguien que los describiera? Quizás no era necesario: era una vida muy básica y nadie necesitaba el yo. Ni había necesidad de alguien que confirmara nuestra existencia.

Pero son tiempos de egos gordos y vacilantes. Entre los navegantes de Internet se habla de una nueva compulsión llamada egosurfing. El egosurfer practica un ritual diario: el de tipear su nombre en Google, en Facebook o en Twitter, para ver cuántas veces aparece citado. Trata de medir su popularidad por su número de apariciones. Descubre (con envidia) que hay gente con su mismo nombre, pero con más menciones. Revisa los rastros de su paso por la Web, y sonríe con satisfacción. “Esto es lo que soy”, se dice.

Los gurúes, los psicólogos, los libros de autoayuda, los héroes de las películas nos repiten el mismo mantra: “tengo que encontrarme a mí mismo”; lo escuchamos tantas veces en el día, que terminamos por creerlo. Hoy somos egonautas, exploradores de nuestro yo. Pero encontrarnos a nosotros mismos es algo tan difícil como mirar nuestra propia nuca. Por eso nunca nos descubriremos.

Domingo 19 de agosto de 2012.-

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