Antes de que la muerte nos separe


Era fácil decir "hasta que la muerte nos separe" cuando la expectativa de vida media era de unos treinta años. En Santa Rosa de Aguaray, Paraguay, José Manuel Riella, un hombre de 103 años, acaba de casarse por iglesia con Martina López, de 99. Llevaban 49 años de una relación a la que, a esta altura llamar "concubinato" sería insultante. Juan Manuel prometió amor eterno desde su silla de ruedas; Martina lo hizo vestida de blanco. Los testigos fueron sus ocho hijos, sus cincuenta nietos, sus treinta y cinco bisnietos y veinte tataranietos.

Manuel dijo estar muy emocionado de que esta relación fuera bendecida por Dios. Nosotros creemos que, Dios, más que bendecirla, le dio su asentimiento. Los malpensados murmuran que esta boda tardía tiene algo de rendición, de abjuración al pie del cadalso. La cosa cambia si se la mira como lo que realmente fue: no una promesa sino un testamento. No un "voy a entregarte mi vida" sino un "toda mi vida, eso es lo que te entregué".


Ojalá que ahora -con este nuevo status-  no se les ocurra divorciarse…

La Nación, domingo 27 de pctubre de 2013.-

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