Amor por Oscar o El hábito de la felicidad ajena.


Hace tiempo que dejamos de creer en los premios Oscar. No importa. No es grave. Tampoco creemos en el amor y seguimos enamorándonos. Los sabios de este mundo van a decirnos que la selección de este año es horrible y que los buenos siempre pierden. Nosotros no les hacemos caso.  Los dos -amor y Oscar- nos exigen la suspensión momentánea de nuestras suspicacias y la entrega momentánea a la esperanza. La noche del 2 de marzo vamos a estar delante del televisor para comernos esa maratón de tres horas, ilusionados como en una primera cita. Esa noche, todo puede suceder. Miremos la lista de nominados a mejor película. Algunas nos gustaron y mucho; como en el amor, primero nos gustan y después les inventamos las razones. Que nadie nos engañe sin nuestro consentimiento.

El amor de Hollywood por los tiburones. A la cabeza de las nominaciones aparecen dos historias de estafas, dólares, minas y merca. Hay un Scorsese desbocado en “El lobo de Wall Street”, una película que habría que colocar justo al lado de las comedias al estilo “Qué pasó anoche”. Y un “Escándalo americano”, del laborioso David O. Russell, que ya lleva tres visitas seguidas a la ceremonia con “El Luchador” y “El lado luminoso de la vida”. (Scorsese y Russell, abonados al Oscar. ¿Otra vez los mismos? ¿Por qué terminamos enganchándonos SIEMPRE con la misma clase de personas, y de películas? ¿Seremos nosotros?). Miren la lista de nominadas: es un mapa del inconsciente del norteamericano. El año pasado fue amor por los esclavos negros. Este año, los bellos estafadores pueden llevarse muchos premios. La opinión pública odia a la gente de esa calaña, pero se sabe que el que odia, también ama.

“Con todo el amor que se reparte en una noche de entrega de premios Oscar podríamos alimentar las necesidades de amor de tres países africanos” dijo alguna vez un tuitero. Desde sus butacas todos sonríen, hacen mohines, aplauden, agradecen y se besan. Los perdedores fingen alegría. Los ganadores reciben la iluminación repentina de que todo lo que tienen se lo deben a alguien. Nosotros, con la laptop en las rodillas, tuiteamos maldades acerca de ellos con toda la envidia y el dolor que puede provocar la felicidad ajena. Para nosotros, los comentaristas, es la hora del sarcasmo, esa expresión del amor al que se le venció la fecha.

Todos llegamos cansados al final de la trasmisión, los buenos y los malos, los que amantes y los odiantes. Nosotros sentimos un agujero en el afecto. Esta noche dimos más de lo que recibimos. Despechados, juramos que es la última vez, que no nos vuelven a agarrar de nuevo, que nunca más vamos a dejar nuestra ilusión en manos de esta pandilla de timadores. Pero aunque la vamos de críticos de cine -por lo tanto, de poseedores de la verdad- nuestro corazón es fácil de engañar y ya estamos esperando, con miedo y con ganas, la decepción del año próximo. Allí estaremos.

Publicado en LA UNICA revista.

Comentarios

musidora dijo…
hermosísimo como todo lo que escribís